La noche había acaparado todo el firmamento, dando paso a una oscuridad descomunal, la cual se veía reducida por la llama que flotaba por encima de mi. No había logrado reunir a ningún espectacular ejército, pero tenía otra cosa en mi poder, un grimorio, un libro de hechizos de gran poder. En él se relataba cada uno de los hechizos más mortíferos creados por la historia de los elfos. Mi objetivo de hoy, atacar uno de los complejos de mi gran enemigo. Había escuchado y sido informado de que el poder lo había adquirido una infeliz y débil Shinigami. Dioses de la muerte se hacían llamar, tsk. A mi modo de ver, eran mortales más a los cuales destruir como pulgas infecciosas en un perro. Había logrado crear varios departamentos para aumentar su número en gran cantidad, pero aquello era una estupidez. Dicen que millones de hormigas pueden vencer a un saltamontes, pero si el saltamontes escupe fuego, no hay ejercito que gane. Mi destino fue el departamento de inteligencia, comandado por un tal Hotsuki.
No me costó mucho destrozar las defensas del bastión, llevándome por delante a tres guerreros sin esfuerzo. Creo que uno de ellos había formado parte de mi propio ejército, pero le di poca importancia. Durante varias horas me abrí paso por cada pasillo de su inútil base, matando y destruyendo cada pared que podía atravesar con mis hechizos. Mas poco duró mi alegría, pues al llegar a lo más profundo de la fortificación, recibí un hechizo de magnitudes épicas, el cual se encargó de lanzarme contra la otra parte de la sala. ¿Acaso había subestimado el poder de los oponentes? Me puse en pie con mala gana, a regañadientes y tomó su libro, hojeándolo hasta dar con un hechizo que aplicó un escudo a su alrededor. Con la protección puesta, se dispuso a buscar quién había osado lanzar el conjuro. Ahí se hallaba de pie un muchacho de pelos plateados y con su espada dispuesta. Con una gran sonrisa, comencé a lanzar bolas de fuego por doquier, sin un objetivo fijo. El chaval, con gran destreza, fue metiéndose entre estas y con un inútil intento, probó a atravesar mis defensas, las cuales le repelieron y enviaron a varios metros de mi. Este combate no iba a durar mucho, pues venía muy armado de poder. Minutos pasaron y no hubo mayor intercambio que el de espada y hechizo entre nosotros, hasta que notaba que cada segundo que pasaba se hacía más fuerte. Tuve que acabar rápido con él. Pregunté su nombre, pues fue lo suficiente poderoso como para mantenerse vivo tanto tiempo. Resultó ser aquel que comandaba el departamento. Una risa me atacó en ese momento, deshaciendo mis hechizos por no concentrarme en ellos, momento suficiente como para recibir un ataque y tener que usar mi lanza para bloquear. Intercambiamos golpes y bloqueos con gran intensidad. Le había subestimado demasiado, solo ahorraba energías para cuando fallara mi escudo. El sudor recorría la frente de ambos, pero parecía que esta era la mía y asesté una estocada fatal contra su pecho, atravesando su hombro, el hombro que manejaba su espada. Dos golpes más y lo dejé ensangrentado en el suelo, riendo frente a él con la lanza en su cuello. Poco duró mi alegría, pues parecía que había alertado a todos los mercenarios del ejército y tuve que huir por los pelos, pero había comprobado lo que quería, el libro, era más que efectivo.
No me costó mucho destrozar las defensas del bastión, llevándome por delante a tres guerreros sin esfuerzo. Creo que uno de ellos había formado parte de mi propio ejército, pero le di poca importancia. Durante varias horas me abrí paso por cada pasillo de su inútil base, matando y destruyendo cada pared que podía atravesar con mis hechizos. Mas poco duró mi alegría, pues al llegar a lo más profundo de la fortificación, recibí un hechizo de magnitudes épicas, el cual se encargó de lanzarme contra la otra parte de la sala. ¿Acaso había subestimado el poder de los oponentes? Me puse en pie con mala gana, a regañadientes y tomó su libro, hojeándolo hasta dar con un hechizo que aplicó un escudo a su alrededor. Con la protección puesta, se dispuso a buscar quién había osado lanzar el conjuro. Ahí se hallaba de pie un muchacho de pelos plateados y con su espada dispuesta. Con una gran sonrisa, comencé a lanzar bolas de fuego por doquier, sin un objetivo fijo. El chaval, con gran destreza, fue metiéndose entre estas y con un inútil intento, probó a atravesar mis defensas, las cuales le repelieron y enviaron a varios metros de mi. Este combate no iba a durar mucho, pues venía muy armado de poder. Minutos pasaron y no hubo mayor intercambio que el de espada y hechizo entre nosotros, hasta que notaba que cada segundo que pasaba se hacía más fuerte. Tuve que acabar rápido con él. Pregunté su nombre, pues fue lo suficiente poderoso como para mantenerse vivo tanto tiempo. Resultó ser aquel que comandaba el departamento. Una risa me atacó en ese momento, deshaciendo mis hechizos por no concentrarme en ellos, momento suficiente como para recibir un ataque y tener que usar mi lanza para bloquear. Intercambiamos golpes y bloqueos con gran intensidad. Le había subestimado demasiado, solo ahorraba energías para cuando fallara mi escudo. El sudor recorría la frente de ambos, pero parecía que esta era la mía y asesté una estocada fatal contra su pecho, atravesando su hombro, el hombro que manejaba su espada. Dos golpes más y lo dejé ensangrentado en el suelo, riendo frente a él con la lanza en su cuello. Poco duró mi alegría, pues parecía que había alertado a todos los mercenarios del ejército y tuve que huir por los pelos, pero había comprobado lo que quería, el libro, era más que efectivo.

O7: Encuentro con Hotsuki.