31 de enero de 2012

12: Bedlam.

La penumbra de mi habitación era alumbrada levemente por la luz de unas velas. Estudiaba aquel grimorio que arrebaté hace tiempo a un mago llamado Kowalt. Relataba los mejores usos que darle a la magia sin excederse demasiado. Llevaba demasiado tiempo en mi estudio, descuidando quizá la más importante de mis debilidades: el combate físico. Nadie sabía de esta debilidad, excepto una persona, aunque yo en esos momentos no sabía que era sabedor de aquello. Pronto atacaría sin ayuda alguna a la base principal de los Mercenarios de United. Cerré mi libro de un golpe y me preparé para el combate, tomando mi lanza y mi espada, enfundando ambas armas. Abandoné mis aposentos y me dirigí a la salida, tomando con fuerza aire en los pulmones y desapareciendo de la casa. Lo que no sabía era que sería la ultima vez que la vería. 
Apostado en una colina alta, se encontraba con Bloodwing volando en círculos para observar los movimientos de los enemigos. Mordisqueaba una manzana con hambre y tras terminar, la tiró a un lado al suelo. Avanzó con paso decidido a aquel lugar, un sitio que ansiaba destruir con todas sus ganas. Primero debería pasar por encima de los guerreros menores, soldados que no podrían hacer frente a su poder. 

Las horas pasaban y los combates hacían que sudara. Era más poderosos que la ultima vez o el estaba demasiado desentrenado. De poco le sirvieron muchos de sus hechizo ya que lo habían visto demasiadas veces y el mas poderoso de ellos se lo reservaba al líder. Su peor pesadilla era un mago al cual en su día logro desviar para pasarlo a su bando, pero que había vuelto a la cordura. 

-Ha pasado mucho tiempo, Hayabusa. 

Aquella frase resonó en su cabeza como una campana recién tocada. Tras de el se plantó aquel que deseaba matar. Sin dudar dio la espalda a aquel mago al cual se enfrentaba, sabía que Bedlam no le dejaría atacarle a traición, pues su sentido del honor era muy alto. 

-Mucho tiempo ha pasado, Bedlam. Sabes a que he venido, así que me ahorraré la molestia de contártelo.

Tras aquellas palabras arremetió contra el din dudarlo, con la lanza. El por su parte llevó su querida espada al frente para bloquear el ataque, después de eso quizá solo se pudieran ver destellos de golpes parándose o hiriendo el uno al otro. Físicamente estaba muy debilitado y pudo ver como Bedlam se daba cuenta de ello. Tuvo que recurrir a varios de sus hechizos para fortalecer sus ataques físicos, su velocidad, sus estadísticas en general, pero cuando lo hacía el, su oponente le copiaba. Pronto se decidió el combate, tras unos intercambios más, el acabó malherido, pero lejos de rendirse, lanzó una de sus famosas invocaciones, la cual nunca había tenido el honor de observar. Aquello no pudo evitarlo, estaba muy agotado para apartarse o quizá protegerse de aquello y desaparecer. Quedó petrificado, envenenado, cegado, mudo, todo cuanto uno se podía imaginar. Le arrebataron su lanza, sus armas, lo cual fue el peor de sus destinos, verse arrebatado por sus armas.

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